Parte 2. Capítulo 04. Las apuestas de Santiago Paganel y del mayor Mac Nabbs

En su singladura por el océano Índico, hacia el este por el paralelo 37, los intrépidos viajeros emplean su tiempo evaluando distintas hipótesis sobre el posible paradero del capitán Harry Grant. En una de sus conversaciones Paganel y el mayor Mac Nabbs hacen una curiosa apuesta en torno a la historia del descubrimiento y exploración del contiente australiano.

Los hijos del capitán Grant. Parte 2. Capítulo 04

A las tres de la mañana del 7 de diciembre, zumbaban ya las calderas del Duncan; la maroma del áncora, arrancada de la fina arena en que yacía, se iba enroscando alrededor del cilindro del cabrestante; quedó el áncora suspendida de la serviola; se puso en movimiento la hélice y el yate se hizo a la mar. A las ocho, cuando subieron los pasajeros a cubierta, la isla de Amsterdam desaparecía en las brumas del horizonte.

Era aquél el último punto de escala en el derrotero del paralelo 37, y le separaban 3.000 millas de la costa australiana. Con doce días más que siguiese el viento del oeste y que se mostrara favorable el mar, el Duncan llegaría al término de su viaje.

Mary Grant y Roberto contemplaban conmovidos aquellas olas que la Britannia surcara sin duda algunos días antes del naufragio. Allí tal vez el capitán Grant, desmantelado ya su buque, diezmada su tripulación, luchaba contra los terribles huracanes del mar de las Indias, y se sentía arrastrado a la costa por una fuerza irresistible. John Mangles mostraba a la joven las corrientes indicadas en las cartas de marear, y le explicaba su dirección constante. Una corriente entre otras, la corriente transversal del océano Indico, lleva al continente australiano, y su acción del oeste al este se deja sentir lo mismo en el Pacífico que en el Atlántico, y por consiguiente la Britannia, desarbolada y desmontado el timón, es decir, desarmada contra las violencia del mar y del cielo, debió correr a la costa y estrellarse en ella.

Sin embargo, se presentaba una dificultad. Las últimas noticias del capitán Grant eran de El Callao, del 30 de mayo de 1862, según la Mercantile and Shipping Gazette. ¿Cómo el 7 de junio, ocho días después de haber dejado las costas del Perú, podía la Britannia encontrarse en el mar de las Indias? Consultado Paganel acerca del particular, dio una respuesta muy plausible, que satisfizo completamente hasta a los más desconfiados y meticulosos.

Una tarde, el 12 de diciembre, seis días después de haber zarpado de la isla de Amsterdam, Lord y Lady Glenarvan, Roberto y Mary Grant, el capitán John, Mac Nabbs y Paganel, estaban de conversación en la toldilla. Como de costumbre, se hablaba de la Britannia, que era a bordo el pensamiento dominante. Incidentalmente, se hizo mención de la dificultad indicada, cuyo efecto inmediato fue menguar las esperanzas de los pasajeros.

A la inesperada observación que hizo Glenarvan, Paganel levantó la cabeza, y luego, sin responder, fue a buscar el documento. Cuando volvió se contentó con encogerse de hombros, como un hombre avergonzado de haber dejado imponer momentáneamente un argumento miserable.

—Bien, querido amigo —dijo Glenarvan—, pero al menos contestad algo.

—Nada tengo que contestar —respondió Paganel—, me limitaré a hacer una pregunta al capitán John.

—Hablad, Monsieur Paganel —dijo John Mangles.

—¿Un buque de primera marcha puede atravesar en un mes toda la parte del océano Pacífico comprendida entre América y Australia?

—Sí, recorriendo al día 200 millas.

—¿Y puede hacerlas?

—Indudablemente. Son muchos los buques de vela que andan más.

—Pues bien —repuso Paganel—, el documento dice 7 de junio; suponed, lo que es muy posible, que el mar haya borrado una cifra de la fecha, y leed 17 de junio o 27 de junio, y todo queda explicado.

—En efecto —respondió Lady Elena—, del 31 de mayo al 27 de junio…

—El capitán Grant ha podido atravesar el Pacífico y encontrarse en el mar de las Indias.

Un vivo sentimiento de satisfacción acogió la conclusión de Paganel.

—Gracias a nuestro amigo —dijo Glenarvan—, se ha aclarado otro punto. No tenemos, pues, que pensar más que en llegar a Australia, y buscar en su costa occidental las huellas de la Britannia.

—O en su costa oriental —dijo John Mangles.

—En efecto, tenéis razón, John. Nada indica en el documento que la catástrofe haya sobrevenido en las orillas del oeste y no en las del este. Nuestras pesquisas deben dirigirse a los dos puntos en que corta Australia el paralelo 37.

—¿Así, pues, Milord, hay dudas acerca del particular? —dijo Mary Grant.

—¡Oh, no, Miss! —respondió John Mangles al momento para tranquilizar a la joven—. Milord se habrá hecho cargo de que si el capitán Grant hubiese tocado en las costas del este de Australia, hubiera inmediatamente encontrado todo género de auxilios. La costa del este es inglesa, si así puede decirse, y está poblada de colonos. La tripulación de la Britannia hubiera encontrado compatriotas antes de recorrer diez millas.

—Bien, capitán John —replicó Paganel—, opino lo mismo. En la costa oriental, en la bahía de Twofold, en la ciudad de Edén, Harry Grant hubiera recibido asilo en una colonia inglesa, y no le hubieran faltado medios de transporte para regresar a Europa.

—¿Y no han podido hallar los náufragos —dijo Lady Elena— los mismos recursos en la parte de Australia a que el Duncan nos lleva?

—No, Lady —respondió Paganel—, la costa está desierta. No la une a Melbourne o Adelaida vía alguna de comunicación. Si el Britannia se ha perdido en los arrecifes de que está erizada, ha carecido de auxilio, como si se hubiese estrellado en las playas inhospitalarias de África.

—Pero entonces —preguntó Mary Grant—, ¿qué habrá sido en dos años de mi pobre padre?

—Querida Mary —respondió Paganel—, ¿no tenéis por seguro que el capitán Grant después de su naufragio ganó la tierra australiana?

—Sí, Monsieur Paganel —respondió la joven.

—Pues bien, una vez llegado al continente, ¿qué ha sido del capitán Grant? Las hipótesis no son numerosas, pues se reducen a tres todas las que pueden hacerse. O Harry Grant y sus compañeros han alcanzado las colonias inglesas, o han caído en manos de los indígenas, o se han perdido en las inmensas soledades de Australia.

Paganel se detuvo, y buscó en los ojos de sus oyentes una aprobación de su sistema.

—Continuad, Paganel —dijo Glenarvan.

—Voy a hacerlo —respondió Paganel—. Desde luego rechazo la primera hipótesis. Harry Grant no ha podido llegar a las colonias inglesas, porque allí su salvación era segura, y hace ya mucho tiempo que estaría junto a sus hijos en su tranquila ciudad de Dundee.

—¡Pobre padre mío! —murmuró Mary Grant—. ¡Dos años separado de nosotros!

—Deja hablar a Monsieur Paganel, hermana mía —dijo Roberto—, y él nos dirá…

—¡Ay! ¡Nada, hijo mío! Todo lo que puedo afirmar es que el capitán Grant se halla cautivo de los australianos, o…

—¿Pero esos indígenas —preguntó al momento Lady Glenarvan— son…?

—Tranquilizaos, señora —respondió el sabio, que adivinó el pensamiento de Lady Elena—; esos indígenas son salvajes, embrutecidos, y ocupan el último eslabón de la inteligencia humana, pero sus instintos son apacibles, y no son sus costumbres sanguinarias como las de sus vecinos de Nueva Zelanda. Si han hecho cautivos a los náufragos de la Britannia, no han amenazado su existencia: estad de ello bien persuadida. Todos los viajeros, de acuerdo en este punto, afirman que los australianos miran con horror el derramamiento de sangre humana, y en ellos han encontrado algunas veces fieles aliados para rechazar los ataques de las cuadrillas de los desertores de presidio cuya crueldad no reconoce límites.

—¿Oís lo que dice Monsieur Paganel? —repuso Lady Elena dirigiéndose a Mary Grant—. Si vuestro padre se halla en manos de los indígenas, como lo hace presentir el documento, le encontraremos…

—¿Y si está extraviado, perdido en un país tan inmenso? —dijo la joven, interrogando a Paganel con sus miradas.

—¡Le encontraremos también! —exclamó el geógrafo, con un acento que revelaba su confianza—. ¿No es verdad, amigos?

—Sin duda —respondió Glenarvan, que quiso dar a la conversación un giro menos triste—. No admito que se pueda perder nadie…

—Ni yo tampoco —replicó Paganel.

—¿Es muy grande Australia? —preguntó Roberto.

—Tanto como las cuatro quintas partes de Europa, muchacho. Tiene una superficie de 775.000.000 de hectáreas.

—¿Tan extensa es? —dijo el Mayor.

—Sí, Mac Nabbs, yarda más o menos. ¿No creéis que un país tan vasto tiene algún derecho a que se le dé la calificación de continente que le confiere el documento?

—Indudablemente, Paganel.

—Añadiré —repuso el sabio— que se citan pocos viajeros que se hayan perdido en tan dilatada comarca. Creo que Leichhart es el único cuyo paradero se ignora, y aún de éste, según informes recibidos en la Sociedad de Geografía poco tiempo antes de mi partida, Mac Intyre creía haber hallado las huellas.

—¿No ha sido Australia recorrida en todas sus partes? —preguntó Lady Glenarvan.

—Mucho le falta, señora —respondió Paganel—. Este continente no es más conocido que el interior de África, y no porque hayan faltado viajeros emprendedores. Desde 1606 hasta 1862 más de cincuenta se han dedicado en el interior y en las costas al reconocimiento de Australia.

—¡Oh, cincuenta! —dijo el Mayor afectando duda.

—¡Sí, Mac Nabbs, más de cincuenta! Hablo de los marinos que han determinado la configuración de las costas australianas arrostrando los peligros de una navegación desconocida, y de los viajeros que se han internado en este vasto continente.

—Sin embargo, es mucho decir cincuenta —replicó el Mayor.

—Aún diré más, Mac Nabbs —repuso el geógrafo, siempre excitado por la contradicción.

—¿Diréis aún más, Paganel?

—¿Queréis apostar algo a que os cito de memoria, sin titubear, esos cincuenta nombres?
 —¿Queréis apostar algo a que os cito de memoria, sin titubear, esos cincuenta nombres?

—¿Queréis apostar algo a que os cito de memoria, sin titubear, esos cincuenta nombres?

—¡Oh! ¡Oh! —dijo tranquilamente el Mayor—. ¡Lo que son los sabios! De nada dudan.

—Mayor —dijo Paganel—, ¿apostáis vuestra carabina de «Purdey Moore y Dickson» contra mi anteojo de «Secretan»?

—¿Por qué no, Paganel, si os gusta mi carabina? —respondió Mac Nabbs.

—¡Me alegro, Mayor! —exclamó el sabio—. He aquí una carabina con la cual no mataréis ya más gamos ni zorros a no ser que yo os la preste, lo que haré siempre con mucho gusto.

—Paganel —respondió Mac Nabbs formalmente—, cuando tengáis necesidad de mi anteojo, disponed de él con toda franqueza.

—Empecemos, pues —replicó Paganel—. Señoras y señores, vosotros componéis el tribunal que ha de dar su fallo. Roberto, tú eres el encargado del escrutinio.

Lord y Lady Glenarvan, Mary, Roberto, el Mayor y John Mangles, a quien complacía la discusión, prestaron al geógrafo atento oído. Se trataba, además, de Australia, a donde les llevaba el Duncan, y su historia no podía ser más oportuna. Paganel fue, pues, invitado a proceder sin demora a sus esfuerzos de mnemotecnia.

—¡Mnemosina! —exclamó—. ¡Diosa de la memoria! ¡Madre de las castas musas! ¡Inspira a tu fiel y ferviente adorador! Doscientos cincuenta años atrás, amigos míos, Australia era un país desconocido. Se sospechaba sin duda la existencia de un gran continente austral, como lo prueban dos mapas que se conservaban en la biblioteca de vuestro Museo Británico, querido Glenarvan, y que llevan la fecha de 1550, los cuales hacen mención de una tierra al sur de Asia, designada en ellos con el nombre de Gran Java de los portugueses. Pero estas cartas o mapas no son bastante auténticos. Paso pues, al siglo XVII, al año 1606, en que Quirós, navegante español, descubrió una tierra a que dio el nombre de Australia del Espíritu Santo. Algunos autores han pretendido que se trataba del grupo de las Nuevas Hébridas, y no de Australia. No discutiré la cuestión. Cuenta ese Quirós, Roberto, y vamos a otro.

—Uno —dijo Roberto
 —Uno —dijo Roberto

—Uno —dijo Roberto.

—En el mismo año, Luis Vaz de Torres, que mandaba como segundo la flota de Quirós, prosiguió más al sur el reconocimiento de las nuevas tierras. Pero la gloria del gran descubrimiento corresponde de derecho al holandés Teodorico Hartoge, el cual tocó en la costa occidental de Australia a los 25° de latitud, y le dio el nombre de Eeclrackt, que era el de su buque. Después de él se multiplican los navegantes. En 1618, Zeachen reconoció en la costa septentrional las tierras de Arnhem y de Van Diemen. En 1619, Jan Edels navega y bautiza con su propio nombre una porción de la costa del oeste. En 1622, Leuwin desciende hasta el cabo que es hoy su homónimo. En 1627, Nuitz y Witt, el uno al oeste y el otro al sur, completan los descubrimientos de sus predecesores, y les sigue el comandante Carpenter, que penetra con sus buques en esa vasta escotadura llamada aún actualmente golfo de Carpentaria. Por último, en 1642, el célebre marino Tasman da vuelta alrededor de la isla de Van Diemen, que cree unida al continente, y le da el nombre de Gobierno general de Batavia, nombre que la posteridad, más justa, ha trocado por el de Tasmania. Entonces se había ya recorrido toda la circunferencia del continente australiano; se sabía que los océanos Indico y Pacífico lo rodeaban con sus aguas, y en 1765 el nombre de Nueva Holanda, que no debía conservar, era impuesto a esa gran isla austral, precisamente en la época en que iba a concluir el papel de los navegantes holandeses. ¿A qué número hemos llegado?

—A diez —respondió Roberto.

—De acuerdo —repuso Paganel—; hago una cruz, y paso a los ingleses. En 1686, un jefe de bucaneros, hermano de La Cote, uno de los más célebres filibusteros de los mares del Sur, William Dampier, después de numerosas aventuras salpicadas de placeres y miserias, llegó en el buque Cygnet a la costa noroeste de Nueva Holanda, a los 16° 50' de latitud; se puso en comunicación con los naturales, e hizo una descripción muy completa de sus costumbres, de su pobreza y de su inteligencia. En 1699, volvió a la bahía misma en que Hartoge había desembarcado, no a guisa de filibustero, sino como comandante del Roebuck, buque de la marina real. Hasta entonces, sin embargo, el descubrimiento de Nueva Holanda no interesaba más que como hecho geográfico. No se pensaba en colonizarla, y por espacio de tres cuartos de siglo, desde 1699 hasta 1770, ningún navegante llegó a ella. Pero entonces apareció el más ilustre de los marinos del mundo entero, el capitán Cook, y no tardó el nuevo continente en abrirse a las emigraciones europeas. James Cook, durante sus tres célebres viajes, tocó en las tierras de Nueva Holanda, siendo la primera vez el 31 de marzo de 1770. Después de haber observado felizmente en Otahiti el paso de Venus por el Sol5, lanzó Cook su pequeño buque, el Endeavour, al oeste del océano Pacífico.

Después de recorrer Nueva Zelanda, llegó a una bahía de la costa oeste de Australia, y la encontró tan abundante en plantas nuevas que le dio el nombre de Bahía Botánica. Es Botany Bay, la actual. Sus relaciones con los naturales medio embrutecidos fueron poco interesantes. Subió hacia el norte, y a los 16° de latitud, cerca del cabo Tribulación, el Endeavour tocó en un bajo de coral, a 8 leguas de la costa. El peligro de irse a pique era inminente. Se echaron al mar víveres y cañones y en la noche siguiente la marea puso a flote el buque aligerado; y no se sumergió porque un pedazo de coral que penetró en la brecha cegó suficientemente la vía de agua. Pudo Cook conducir su buque a un ancón en que desaguaba un río que tomó el nombre de Endeavour, donde por espacio de tres meses, que se invirtieron en reparar las averías, los ingleses procuraron establecer comunicaciones útiles con los indígenas; pero en vista de la esterilidad de sus esfuerzos, se hicieron de nuevo a la vela. El Endeavour continuó su rumbo hacia el norte. Cook quería saber si había un estrecho entre Nueva Guinea y Nueva Holanda, y después de correr peligros y haber sacrificado veinte veces su buque, percibió el mar que se abría extensamente hacia el Sudoeste. El estrecho existía, y se ancló. Cook desembarcó en una pequeña isla, y tomando posesión en nombre de Inglaterra de la larga extensión de las costas que había reconocido, les dio el nombre muy británico de Nueva Gales del Sur. Tres años después, el denodado marino que mandaba la Aventure y la Resolution, el capitán Fourneaux, fue en el primero de estos buques a reconocer las costas de la tierra de Van Diemen, y regresó suponiendo que formaba parte de Nueva Holanda. No fue hasta 1777, cuando su tercer viaje, que Cook fondeó con sus buques la Resolution y la Decouverte, en la bahía de la Aventure, en la tierra de Van Diemen, de donde zarpó para ir, meses después, a morir en las islas Sandwich.

—Era un gran hombre —dijo Glenarvan.

—El más ilustre marino que ha existido. Su compañero Banks fue quien sugirió al Gobierno inglés la idea de formar una colonia penitenciaria en Botany Bay. Después de él, corrieron aventuras en aquellos mares navegantes de todas las naciones. En la última carta que se recibió de La Pérouse, escrita en Botany Bay, con fecha 7 de febrero de 1787, el desventurado marino anuncia su intención de visitar el golfo Carpentaria y toda la costa de Nueva Holanda hasta el territorio de Van Diemen. Parte, y no vuelve. En 1788 el capitán Philipp funda en Port Jackson la primera colonia inglesa. En 1791, Vancouver rodeó un número considerable de costas meridionales del nuevo continente. En 1792, Entrecasteaux, enviado a descubrir el paradero de La Pérouse, dio la vuelta alrededor de Nueva Holanda, al oeste y al sur, descubriendo de paso islas desconocidas. En 1795 y 1797, Flinders y Bass, dos jóvenes, prosiguen valerosamente en una barquichuela, que no tenía más que ocho pies de largo, el reconocimiento de las costas del sur, y en 1797 Bass pasa entre la tierra de Van Diemen y Nueva Holanda, por el estrecho que lleva su nombre. En aquel mismo año, Vlaming, el descubridor de la isla de Amsterdam, reconoció en las costas orientales el Swan River, o río de los Cisnes, en que hacían ostentación de sus galas cisnes negros de la más bella especie. Flinders, en 1801, emprendió nuevamente sus curiosas exploraciones, y a los 138° 58' de longitud y 35° 40' de latitud, encontró en Encounter Bay el Geographe y el Naturaliste, dos buques franceses que mandaban, respectivamente, los capitanes Baudin y Hamelin.

—¡Ah! ¿El capitán Baudin? —dijo el Mayor.

—Sí. ¿Os causa extrañeza? —preguntó Paganel.

—No, ninguna; continuad, amigo Paganel.

—Continúo, pues, añadiendo a los nombres de los navegantes mencionados, el del capitán King, que desde 1817 hasta 1822 completó el reconocimiento de las costas intertropicales de Nueva Holanda.

—Tengo ya apuntados veinticuatro nombres —dijo Roberto.

—¡Bueno! —respondió Paganel—. Tengo ya la mitad de la carabina del Mayor. Y ahora que he concluido con los marinos, pasemos a los viajeros.

—Muy bien, Monsieur Paganel —dijo Lady Elena—. Preciso es confesar que tenéis una memoria asombrosa.

—Lo que es muy singular —añadió Glenarvan—, en un hombre tan…

—Tan distraído —dijo Paganel—. ¡Oh! No tengo memoria más que para fechas y hechos. He aquí todo.

—Veinticuatro —repitió Roberto.

—Pues bien, el teniente Daws hará veinticinco. En 1780, un año después del establecimiento de la colonia en Port Jackson, se había dado la vuelta alrededor del nuevo continente, pero nadie podía decir lo que contenía. Una larga cordillera de montañas paralelas a la costa oriental volvía, al parecer, su interior inaccesible. El teniente Daws, después de nueve días de marcha, tuvo que retroceder y regresar a Port Jackson. En aquel mismo año, el capitán Tench quiso pasar al otro lado de la cordillera, y no pudo conseguirlo. Dos expediciones fracasadas hicieron desistir por espacio de tres años a los viajeros de acometer una empresa tan difícil. En 1792, el coronel Paterson, no obstante ser un audaz explorador africano, fracasó en la misma tentativa. Al año siguiente, el valeroso Hawkins, que no era más que un simple contramaestre de la marina inglesa, pasó 20 millas más allá de la línea que no habían podido salvar sus predecesores. Durante dieciocho años no se consignan más que dos nombres, el del célebre marino Bass y el de Monsieur Bareiller, un ingeniero de la colonia, que no fueron más afortunados que los otros, y llegó el año 1813, en que se descubrió al fin un paso al oeste de Sydney. Por él se aventuró en 1815 el gobernador Macquari, y se fundó la ciudad de Bathurst más allá de las montañas Azules. A partir de aquella fecha, Throsby, en 1819; Orley, que atravesó 300 millas de país; Howel y Hume, cuyo punto de partida fue precisamente Twofold Bay, por donde pasa el paralelo 37, y el capitán Stuart, que, en 1829 y en 1830, reconoció el curso del Darling y del Murray, enriquecieron la geografía con nuevos hechos y coadyuvaron al desarrollo de las colonias.

—Treinta y seis —dijo Roberto.

—Perfectamente —respondió Paganel—, me va a sobrar gente. Citaré a Eyre y a Leichhardt, que recorrieron una porción del país en 1840 y en 1845; a Sturt, en 1845; a los germanos Gregory y Heipman, en 1846, en Australia occidental; a Kennedy, en 1847, en el río Victoria, y en 1848, en Australia del norte; a Gregory, en 1852; a Austin, en 1854; a los Gregory, desde 1855 hasta 1858, en el noroeste del continente; a Babage, desde el lago Torrens al lago Syre, y llego al fin a un viajero célebre en los fastos australianos, a Douglas Stuart, que trazó tres veces en el continente sus atrevidos itinerarios. Su primera expedición al interior fue en 1860. Más adelante os contaré, si queréis, cómo Australia fue cuatro veces atravesada de sur a norte. Ahora me limito a concluir esta larga nomenclatura, y desde 1860 hasta 1862 añadiré a los nombres de tantos denodados sacerdotes de la Ciencia los de los hermanos Dempster, los de Clarkson y Harper, los de Burke y Willis, los de Neilson, Walker, Landsborough, Mackinlay, Howit…

—¡Cincuenta y seis! —exclamó Roberto.

—¡Bueno, Mayor! —repuso Paganel—. Ya veis que me sobra tela, y eso que no os he citado ni a Duperrey, ni a Bougainville, ni a Fitz Roy, ni a Wickam, ni a Stokes…

—Basta —dijo el Mayor, rendido por el número.

—Ni a Perón, ni a Quoy —añadió Paganel, lanzado como un tren directo—, ni a Bennett, ni a Cuningham, ni a Nutchell, ni a Tiers…

—¡Misericordia!

—Ni a Dixon, ni a Stresley, ni a Reid, ni a Wikes, ni a Mitchell…

—Deteneos, Paganel —dijo Glenarvan, que se desternillaba de risa—; no aplastéis al infortunado Mac Nabbs. ¡Sed generoso! Se confiesa vencido.

—¿Y su carabina? —preguntó el geógrafo con ademán de triunfo.

—Vuestra es, Paganel —respondió el Mayor—; y lo siento mucho. Pero capaz sois con vuestra memoria de ganar todo un museo de artillería.

—Es en realidad imposible —dijo Lady Elena— que nadie conozca mejor Australia. Ni el nombre más enrevesado, ni el hecho más trivial…

—¡Oh! ¡En cuanto a hechos! —dijo el Mayor meneando la cabeza.

—¿Qué queréis decir, Mac Nabbs? —exclamó Paganel.

—Digo que no conocéis tal vez todos los accidentes relativos al descubrimiento de Australia.

—¿No los conozco? —dijo Paganel, con un supremo gesto de orgullo.

—¿Y si os cito uno que no conozcáis, me devolveréis mi carabina? —preguntó Mac Nabbs.

—En el acto, Mayor.

—¿Convenido?

—Convenido.

—Pues bien. ¿Sabéis, Paganel, por qué Australia no pertenece a Francia?

—Pero me parece que…

—Es decir, ¿sabéis la razón que dan los ingleses?

—No, Mayor —respondió Paganel muy compungido.

—Pues es pura y simplemente porque el capitán Baudin, que no era sin embargo pusilánime, tuvo tal miedo, en 1802, al canto de las ranas australianas, que levó anclas a toda prisa y huyó para nunca más volver.

—¡Cómo! —exclamó el sabio—. ¿Eso se dice en Inglaterra? Pero es una chanza de mal género.

—De muy mal género, lo confieso —respondió el Mayor—, pero el hecho es histórico en el Reino Unido.

—¡Es una indignidad! —exclamó el patriótico geógrafo—. ¿Y eso se repite formalmente?

—Me veo obligado a deciros que muy formalmente, querido Paganel —respondió Glenarvan, en medio de una carcajada general—. ¡Cómo! ¿Ignorabais esa particularidad?

—Absolutamente. ¡Pero protesto! Además, los ingleses se contradicen: nos llaman zamparranas. Y, en general, lo que se come no se teme.

—Sin embargo, esas cosas se dicen, Paganel —respondió el Mayor con una modesta sonrisa.

Y he aquí cómo la famosa carabina de «Purdey Moore y Dickson» siguió siendo propiedad del Mayor Mac Nabbs.

  • 5. El paso del planeta Venus ante el Sol debía tener lugar en 1769. Este fenómeno, bastante raro, ofreció un gran interés astronómico, pues había de permitir, en efecto, el cálculo exacto de la distancia que separa la Tierra del Sol.